Bulgakov y las simpatías por el Diablo, Juan González Febles

Simpathy for the Devil, el título de la exitosa canción de los emblemáticos Rolling Stones, surgió a partir de que Mick Jagger entrara en contacto con El Maestro y Margarita, novela del autor ruso –soviético en aquel malhadado momento- Mijaíl Bulgakov.

Como muchos conocen, la novela aborda la visita del amo de las tinieblas, Voland (el Diablo) al Moscú en tinieblas de la época en que rigió los destinos rusos Iosif Satalin, perdón, Stalin.

Voland y su séquito de los predios infernales, que integraron Fagot, Popota, -un gato de aquellos lares- Asaselo, Guena -una adorable diablesa- y Abadona, otra del mismo corte, la pasaron de maravilla.

Las similitudes entre aquel Moscú y La Habana de 2016 son tan obvias, que los funcionarios de Massolit, perdón la UNEAC o el Departamento Ideológico, recogieron la limitada entrega que publicó en aquel momento el Editorial Arte y Literatura.

El Voland de aquella entrega no quería delatores en sus predios infernales. Castigó la doble moral con depuradas y diabólicas burlas e hizo cosas en aquel Moscú que en su momento hicieron felices a muchos lectores por acá.

¿Se lo imaginan convirtiendo en cerdos a los que golpean y maltratan mujeres por acá cada domingo? ¿Se lo imaginan colocando cabezas de delatores bajo cualquier rueda o distribuyendo artículos de la exclusiva tienda Palco entre hambreados?

Piensen en Voland al impartir la orden de que quien todos sabemos no podrá entrar a sus predios. ¿Se imaginan los titulares en la prensa del infierno?

¿Qué harían el gato Popota y Fagot en Lawton el próximo domingo? ¿Cuántos elementos del Ministerio del Interior quedarían por ellos convertidos en cerdos?

¿Dónde colocarían al canciller Rodríguez Padilla y a la euro-representante Mogherini?

¿Se imaginan al simpático séquito de Voland, con credenciales y todo lo demás, de visita por acá? ¿Qué se harían Camilo, Luisito y el resto de la fauna represiva frente a Voland, Asaselo, Popota y el resto de ese destacado séquito?

Que me perdonen aquellos que desde el incienso de las sacristías, se sienten habilitados para perdonar a los malos de carne y hueso y condenar a Voland y sus servidores, mis simpatías para Voland y su séquito. ¡Bienvenidos a La Habana!
infiernodepalo@gmail.com; Juan Gonzalez
Tomado de: http://primaveradigital.org/cubaprimaveradigital/

Por fin, la libertad, Juan González Febles

Era una luchadora y en el momento peor, se comportó como tal. Agarró fuerte a su pequeña y trató de alejarse del peligro inminente representado por los remolcadores que les habían hundido. Estos ahora revisaban la superficie y lanzaban chorros de agua a presión sobre los náufragos que descubrían flotando a la deriva. Usaban para descubrirles los reflectores o los destellos de luz en aquella clara noche de julio.

Iban felices y soñaban con lo que harían cuando llegaran. Pensaron que nada les estorbaría para conseguir el sueño sin nombre al que aspiraban. Fue algo preparado durante meses y ciertamente no debía fallar. Ponían todas sus esperanzas en el Dios del Sagrado Corazón y en la Cachita del Cobre.

Quizás la confianza en Cachita estaba plenamente justificada, porque ella consagraba aquello por lo que todos hemos querido vivir o lo que casi todos hemos ansiado disfrutar. Cachita es el amor consumado entre cuerpos y almas que se estrechan en el éxtasis supremo del deseo y la complementación. El Dios de la cruz, funda las esperanzas de los hombres en el símbolo que fue expresión y vehículo de un instrumento de martirio. Algo más afín con el sitio de donde huían, que con el sitio al que esperaban llegar.

La historia repetida de la que huían, era aquella en que un hombre o los hombres buenos, mueren crucificados entre ladrones y son traicionados por los suyos o por alguno entre los suyos. En que fariseos acreditados de todos los tiempos, escancian el vino, la miel y la fruta traída por bellas esclavas. Refugiados en salones de mármol o en yates de cincuenta metros. Entonces, ese no puede ser el Dios que consagra las libertades. Ciertamente no puede ser la Diosa que ilumina con antorchas la ruta de los libres. Los hambrientos, los esclavos y los desposeídos nunca han sido, son o serán bienaventurados.

Laila luchaba con el mar y se aferraba a su pequeña de tres años que lloraba y pedía que la sacaran. Estaba desorientada y con la atención puesta en escapar de los chorros de agua a presión que hundieron sus esperanzas y que las buscaban, para hundirlas de modo que encontraran de esta única forma y en el vasto reino azul ennegrecido por la noche, aquella libertad de la que oyó hablar y que quizás nunca conocería.

Ariel tenía su encanto. Sabía hacerla reír y decir lo que le decía como nadie lo había hecho antes. Tuvo la habilidad de convertirse en su sueño. Lo hizo con paciencia. Siguió la receta que un francés hábil en las contiendas, dejó escrito en una fábula sobre un príncipe pequeño, zorras y rosas.

Ariel se las ingenió y convirtió cada una de sus apariciones en el momento mágico que ella esperaba. Lo hacía con naturalidad. No era besucón y no parecía interesado en contacto físico de ningún tipo. Entonces y casi sin percatarse de ello, quien buscó durante mucho más tiempo del que calculó necesario, ese contacto fue ella, que empezó a estremecerse desde su centro, situado al sur de su garganta, cada vez que aparecía, la hacía reír y se marchaba sin haberle dado la posibilidad de ese contacto. Que cada vez se las arregló para dejarla más ansiosa con un “… ¡Cuídate bonita!”, a modo de despedida.

Sucedió por fin una tarde en que ella le visitó en la barbacoa en que vivía, fabricada en el entretecho de la casa de su tía en el Cotorro. Allí, bebieron vino tinto chileno y escucharon a Joe Cocker cantar como Dios, “You are so beautiful”. El acarició su mejilla, mesó su cabello y la besó con timidez en la frente. Ella le tomó y lo besó casi con furia, buscó hasta encontrar su lengua y de paso conoció todos los orgasmos, desconocidos hasta entonces.

Entonces fue que empezaron a vivir y a soñar juntos. Descubrió que Ariel era afín con los niños y con cada cuadrúpedo que se cruzaba en su camino. Sabía la ruta y accesos al corazón de cada niño con que intercambiaba, de cada perro, cada gato y cada caballo. Lalita se fascinó con él y así, Laila se deslizó casi sin saberlo de la condición de madre soltera, hasta la de madre de la familia feliz que formaron.

Su magia transformó el ‘periodo especial’ en la etapa más especialmente bella de sus vidas. Se hizo de un coche y de un caballo y con esta suerte de taxi de cuatro patas, navegaron con placidez las aguas inciertas de los bistecs de frazada de piso, de cáscara de toronja, de dólares conseguidos a ciento cincuenta pesos por dólar. Aquella vida sin jabón para baño o para lavar, sin champú, desodorante, etc., y todo por la gloria del Comandante y su revolución, les hizo soñar cada día y cada instante de cada día y noche con la Yuma, pero ni aquello no consiguió hacerles infelices.

Comenzaron a soñar con una vida diferente y a vivir desde la película norteamericana del sábado en la noche. Meg Ryan, Tom Hanks y Nicholas Cage, entre otros, afirmaron la fantasía y el sueño dorado de La Yuma y de cómo llegar hasta ella. Ariel se ganó el cariño de la pequeña que le acompañaba en el coche, mientras Laila, desde su cocina, hacía la magia que les permitía a todos comer. Eran felices egoísta y subjetivamente, pero lo eran y esto fue un hecho. Solo que esta felicidad les sacó fuera de la realidad de banderas, consignas, miserias y escaseces.

Entonces apareció Toño, que era portuario y gracias a ello movía cosas. Los movimientos se hacían desde algún camión, automóvil, ciclos o desde el coche de caballos de Ariel. Regularmente eran relojes pulsera japoneses, pitusas, pañuelos femeninos de cabeza y en alguna que otra ocasión, piezas para armar motocicletas que se vendían muy bien, aunque con mucho riesgo.

La tía de Ariel cuidaba a la pequeña y ellos se aficionaron a una vida nocturna de sitios nuevos regenteados por particulares en que cantaban travestis y humoristas espontáneos animaban con el estilo diferente que se mueve por la izquierda de la izquierda. Laila soñaba con hacerse paramédica en New York y quizás hasta estudiar medicina. Ariel soñaba con tener su propio garaje en que haría maravillas. Se trata que “allá”, hay de todo lo necesario hasta para fabricar un automóvil inventado por él. Este sería un automóvil hembra y lo bautizaría ‘Lalita’.

Todo pasaba muy rápido por su cabeza. Primero había perdido a Ariel. La última vez, le vio pegado a la baranda en la cubierta. Gritaba obscenidades y amenazaba con el puño en alto cerrado a los que desde dos remolcadores les echaban chorros de agua a presión. Entonces fue que cayó al agua. Luchaba para proteger a la niña y no ser separadas.

El último impacto del agua a presión consiguió separarla de la niña. La buscó sin lograr encontrarla. Fue en parte por la oscuridad y en parte porque las fuerzas la abandonaban. El chorro a presión que la alcanzó, la hundió entre tres y cinco pies bajo la superficie. No pudo, no quiso o simplemente, tan siquiera intentó subir.

Supo que moriría pero ya nada le importaba. Solo que antes, pensó que morir resultaría doloroso y esto no fue exactamente así. Primero, se trató de una dulce somnolencia y un dejarse llevar. De repente algo cambió. Se vio en un espacio bello de jardines y sol radiante. Pudo distinguir a Lalita y Ariel que sonreían y le hacían señas para que se acercara y así lo hizo. De alguna forma, ya había encontrado la libertad y la felicidad soñada.

Ciertamente esto no fue morir o no lo interiorizó de esta forma., Era solo dejar atrás la vida que nunca quiso vivir y para ella, esto ya era suficiente. La Yuma estaba más cerca de lo que había imaginado. No alcanzó a lamentarlo. No valía la pena. Por fin, ¡la libertad!
La Habana, agosto de 2015
infiernodepalo@gmail.com