Una palabra maldita solo evocada por perversos, Juan González Febles

En Cuba y en la actualidad, decir revolución es evocar hambre, miseria, represión, opresión y una vida gris marcada por limitaciones. De acuerdo con teóricos y estudiosos, las revoluciones son consideradas puntos de inflexión de la historia, de los que parten nuevos sistemas políticos y sociales, que no siempre aportan cambios para mejor entre los de a pie, base hacedora de estas.

Con la excepción de la revolución estadounidense, que creo estados, dotados de constituciones escritas, que federaron una república con separación de poderes un presidente, (George Washington) que no aspiró a cetro real alguno o permanencia ininterrumpida en el poder, un Congreso bicameral y un poder judicial independiente, que desde esos instantes afirmó derechos y libertades para todos los ciudadanos, no hubo otra igual.

El resto de las revoluciones, por mandato de sus dirigentes, levantó guillotinas, o promovió ejecuciones sumarias. Desde ellas, se crearon nuevos caudillos y estos desde el poder, afirmaron condiciones casi peores o peores que las que convocaban a erradicar. La revolución estadounidense entregó sus aportes sin guillotinas como la revolución francesa o ejecuciones sumarias de disparo en la nuca, como se hizo en Rusia con los empoderados bolcheviques. El resto de las sublevaciones independentistas en América, expulsaron al poder colonial español y continuaron una vida regular en condiciones de libertad política, pero también sin odios. Los caudillos que se convirtieron o aspiraron a convertirse en dictadores, pasaron sin pena y sin gloria y sin los costos de sangre avalados por estos eventos llamados revoluciones.

En Cuba, la revolución liderada por Fidel Castro, se convirtió casi enseguida en ‘retrolución’. Comenzó con el restablecimiento de la pena de muerte y las ejecuciones de militares, policías y otros servidores del régimen que encabezó Fulgencio Batista. Los terroristas del Movimiento 26 de julio que no dudaban en colocar bombas en tiendas cafeterías, cines, etc., y que nunca colocaron una bomba en una estación de policía o un cuartel militar, fueron elevados a categoría de héroes o mártires.

Algunos de los participantes desde las filas de los contrarios armados contra Batista, se volvieron contra la pesadilla que contribuyeron a materializar. Lo hicieron, cuando se percataron que todo pasó a ser una pesadilla y que fueron engañados. Algunos fueron ejecutados sin piedad desde juicios o ejecuciones sumarias, por los mismos que contribuyeron a empoderar.

La libertad de prensa respetada por aquella dictadura y por otra anterior, fue abolida en aquellos momentos y Cuba aún sigue en estas condiciones de proscripción no solo de la libertad de prensa sino del resto de los derechos y libertades reconocidas internacionalmente.

A todo esto siguió el establecimiento de controles totalitarios absolutos sobre toda la sociedad. Más adelante se procedió a arrastrar al pueblo cubano a la miseria absoluta para desde esta condición, someterlo aún más. El caudillo vencedor se bonapartisó y gobernó autoritariamente primero de forma directa y después indirectamente, así lo hizo desde 1959, hasta el momento en que la muerte felizmente lo sacó del juego.

Los revolucionarios sinceros son pocos en Cuba fuera de las barriadas selectas en que residen, en las residencias suntuosas de las que se apropiaron. Es lógico, pocos o ninguno en Cuba, serían capaces de convalidar con lealtades reales los despropósitos que constituyen la vida Cuba adentro.

La palabra revolución es una palabra maldita en Cuba, de la que muy pocos quieren acordarse. Solo los perversos que de ella viven, se sienten habilitados para hacer mención de esta. Son pocas o ninguna, las motivaciones políticas reales para la afirmación o para dar continuidad a la pesadilla castro-fascista. Se trata de solo retener prerrogativas y prebendas. Nada más.
infiernodepalo8@gmail.com; Juan González
j.gonzalez.febles@gmail.com; Juan González
Tomado de: http://primaveradigital.org/cubaprimaveradigital/; PD#532

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