Rechazo generalizado y un compartido manto de olvido, Juan González Febles

Según la información oficial, Fidel Castro murió en horas de la noche del viernes 25 de noviembre de 2016. Se comenta la “coincidencia” de que un 25 de noviembre de 1956 y también en horas de la noche, salió de Tuxpan, México, el yate Granma, con sus 82 expedicionarios, hacia su naufragio en las costas cubanas, el 2 de diciembre de ese año 1956.

Para algunos por acá, la fecha ha quedado para marcar referencias y asociaciones de partidas sin regreso, destinos fallidos, naufragios y fracasos.

Cuba adentro mostró un panorama compartido y generalizado de indiferencia. Así fue por una parte, pero por otra, se impuso el miedo que se transpira y respira en la sociedad cubana.

Más allá de las demostraciones y expresiones orquestadas por la élite y su monstruoso aparato propagandístico, siempre a la vera del entramado represivo, la indiferencia reinó en el espacio llenado por el miedo.

En ómnibus del transporte público y esquinas al azar, algunos escucharon reguetón desde sus teléfonos móviles. En los hogares y espacios privados se escuchó música con volumen atenuado y ventanas cerradas. La programación clandestina del paquete y el resto de la cíber-oferta alternativa reina durante el luto impuesto por nueve días.

Ciertamente, nadie ha querido señalarse con una sonrisa o un estado de ánimo en contradicción con la proyección y mandato oficial de luto obligado y culto desmesurado a su personalidad. Pero esto no es nada nuevo en el mundo. Se trata de una versión caribeña del “luto y el dolor” proyectado en su momento, cuando salieron felizmente de la escena, Stalin, Mao y los Kim de Corea del Norte que ya lo hicieron.

No es nada nuevo, en su momento y en medio de similar tristeza dirigida, transcurrieron los funerales de sus iguales Stalin, Mao Zedong, Lenin, Kim Il Sung, Kim Jon Il y otros figurantes del eje del mal. Se trata de que tales personajes hasta después de muertos, pueden ser letales y nadie o pocos se atreven a correr el riesgo y marcar una diferencia.

Si de naufragios se trata, Fidel Castro condujo a la nación cubana a un naufragio de superiores dimensiones al naufragio del Granma. Destruyó la república y a la nación cubana. Restableció la pena de muerte, abolió una de las constituciones más progresista de las Américas y privó de derechos y libertades a todos los cubanos en condiciones mucho peores a las desterradas por la independencia arrancada a la corona española.

Fidel Castro robó la juventud a varias generaciones de cubanos, explotó sin medida a los trabajadores, prostituyó y deformó a la juventud y arrastró a la miseria material a todo un pueblo. Llevó adelante guerras en África y América Latina y llevó su vaho de violencia incluso al convulso espacio islámico. Arrastró al país en su odio visceral contra los Estados Unidos, la libertad y los valores sustentados por esta. Así sirvió como peón al imperio soviético en muchos escenarios mundiales y llegó a pedir un ataque nuclear de primer golpe contra los Estados Unidos.

Personalmente, le vi de lejos o quizás no tanto. Le recuerdo mientras esperaba ómnibus de transporte público. Le vi pasar con su escolta armada hasta los dientes por la 5ta Avenida y por otros espacios capitalinos. Cuando esto sucedía, los mayores decían a los adolescentes uniformados camino a la escuela, que no se movieran, no fuera que desde la escolta, se malinterpretara la movida y sucediera algo terrible. El recuerdo que de esto guardo es el de esos individuos mal encarados apuntando con sus armas a civiles desarmados. La impresión que me quedó fue la de alguien con un miedo descomunal a ser muerto por cualquiera.

Para mí, nunca fue un héroe. Solo una molestia que duró demasiado. Los momentos felices de la adolescencia y la primera juventud, que recuerdo y atesoro, jamás fueron gracias a la impronta directa o indirecta del difunto. Sucedieron a su pesar y en desobediencia directa a sus órdenes y orientaciones.

Para marcar la molestia, por acá estaremos gravados con nueve y más días en que la televisión oficial romperá sus cotas ya impuestas de ridículo. Estaremos castigados ya no por su presencia, pero si por el luto y el culto a su personalidad. Así y de esta forma, continuará la imposición de su presencia, rechazada por la mayoría. Aclaro que no por odio, se trata de cansancio y mero aburrimiento. La buena noticia es que no volverá a ordenar el hundimiento de remolcadores con mujeres y niños abordo ni el fusilamiento ejemplarizante de ningún inocente.

No obstante a esto, no me alegro de su muerte. No lo hago por la suya ni por la muerte de nadie, por importante que fuere o crea ser. Entonces y como no me siento Dios, dejo los perdones a su arbitrio. Me uno de forma entusiasta al compartido manto de olvido que se lo llevará, feliz y definitivamente.
infiernodepalo@gmail.com; Juan González
Tomado de; http://primaveradigital.org/cubaprimaveradigital/

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