Sobre un país ajeno, Juan González Febles

El rotativo madrileño El País vuelve sobre sus fueros. En su edición del pasado 19 de enero, con la autoría de Mauricio Vicent, quien durante largos años fuera periodista acreditado por acá, ha publicado ‘La Habana nueva ya está aquí’.

En su trabajo Vicent nos habla de “descubrir la nueva Cuba que rompe el cascarón”. ¿Qué les parece?

Por supuesto que si se trata de El País, nada debe asombrarnos.

Los españoles han regresado casi en las mismas condiciones en que fueron expulsados de Cuba a finales del siglo XIX, gracias a la ausencia de derechos y libertades que sufrimos por acá. Entonces, están casi a salvo de que algún representante elegido por el pueblo de la Isla promueva alguna ley del 50% o iniciativas tendientes a defender los intereses de los trabajadores cubanos frente a intereses de consorcios corporativos peninsulares.

Los hijos de un gallego vapuleado en su momento por mambises y asentado en Birán, lo han hecho posible y toca al rotativo madrileño hacerlo potable al mundo. Para ello y desde este diario, se pretende que la imagen que trascienda de la ruina promovida por el régimen militar que sufrimos sea la del palacio del Conde de Lombillo, en la Plaza Vieja, y el “pequeño hostal de lujo” y la cafetería-restaurante llamada “Café Bohemia”.

Por supuesto que como ya ha sido denunciado, los dueños y promotores de estos negocios son en su mayoría herederos sin gloria de miembros más o menos prominentes de la banda armada triunfadora en 1959.

En el caso del Café Bohemia, se trata de Diana Sáenz, la hija de Ricardo Sáenz, uno de los fundadores de Prensa Latina, aquella “agencia de noticias” creada por el periodista argentino Jorge Masetti y por “la fría y eficiente máquina de matar”, me refiero al condotiero también argentino, Ernesto Che Guevara.

Sáenz también trabajó en la revista Bohemia, a partir de que esta dejó de ser un medio de prensa libre. De ahí el nombre del lugar y su decoración, con portadas de la publicación colgadas en la pared por su hija Diana, el alma de este negocio privado abierto en 2014, con los patrocinios que muchos conocemos y otros intuyen.

Nos dice Vicent, inflamado de entusiasmo, que esta antigua residencia aristocrática fue una degradada cuartería en la que vivían una docena de familias. Digamos que solo faltó decir que década tras década de castrismo gobernante posibilitaron esta degradación, como la sufrida por la mayoría del espacio habitacional en muchos sectores de la capital, sobre los que no informa el rotativo madrileño.

Nos dice Vicent que la llegada de la Sra. Sáenz a la cuartería transformó el lugar y lo convirtió en un sofisticado espacio con “tres habitaciones con encanto”. Además, una suite con muebles de caoba y sábanas de hilo, y un bistró en los bajos.

Habanero y mal pensado como soy, me pregunto: ¿Quién pagó? ¿De dónde salió el dinero para esta nueva y promovida ‘Suite Habana’?

De repente, Vicent nos anima para si se es curioso, salir “de los circuitos más trillados”, para así descubrir “verdaderas joyas”. Tales joyas son, de acuerdo con Vicent, la Plaza del Cristo, situada en la vecindad de la Plaza Vieja, y el Capitolio.

Señala la iglesia del Santo Cristo del Buen Viaje, a la que tradicionalmente acudían los marinos al partir de la ciudad para solicitar protección, pero no señala lo principal y esto es el hecho de que aún no se han convertido en ruinas, como ha sucedido con el resto del entorno capitalino, salvo las excepciones de rigor.

No se trata de ninguna forma de que los habaneros reinventen La Habana, se trata de que el régimen militar totalitario y sus generales ancianos y sin batallas, la acomodan para sus planes futuros de rusificar un cambio, que les convierta en oligarcas millonarios con cierto aliento dinástico exportado de la pesadilla norcoreana.

Como nos dice Vicent, “…se trata de caminar o correr por la Quinta Avenida al salir el sol, y sentarse en un banco bajo los jagüeyes gigantes del parque Zapata, -no Gandhi- y dar cuenta de una ración de frijoles negros dormidos en Doña Eutimia o vacilar la forma suave de hablar de la gente hasta cuando te regaña”, -y algo más, turismo sexual incluido-, y te dicen: “ay, mi amol, no te me ofusques”.

Es de este país ajeno del que nos habla Vicent, desde el aún más ajeno rotativo madrileño ‘El País’. A fuer de sinceros no debe confundirse “La Habana nueva” con una Habana buena o mejor que no ha llegado ni llegará de inmediato. No lo hará, mientras los habaneros y los cubanos no sean libres y la dictadura militar totalitaria no llegue al anhelado fin. Nuevo, no es sinónimo de bueno.
infiernodepalo@gmail.com
Tomado de: http://www.primaveradigital.net
Véase: La Habana nueva ya está aquí | El viajero | El País;

Callados y de acuerdo, Juan González Febles

La Habana es algo más que sus pilas de basuras y casas en ruinas. Mucho más que gente degradada y derrotada. Es el monolito totalitario que habla desde cada uno de sus desesperanzados y míseros habitantes.

La imagen que trasciende de cada cubano en calles y esquinas es una de degradación y derrota. Son personas que optaron por aparentar que están calladas y de acuerdo. Degradados y derrotados, la mayoría sueña con emigrar. El miedo les fue sembrado en el alma. Lo peor es que este miedo lo llevarán consigo siempre. Ya sea que residan en Cuba, Miami, Madrid o cualquier otro sitio.

Algunos entre estos y aun desde una segura residencia en USA, temen pronunciarse contra el régimen militar del que huyeron. Entonces, afirman ser emigrantes económicos. Lo hacen para no perder los beneficios de su residencia en USA y para disponer de posibilidades de viajar a Cuba y pasar aquí alguna que otra temporada en disfrute precario del nuevo estatus adquirido.

Luego de degradar y derrotar desde su interior a todo un pueblo, la ingeniería social totalitaria dispone de un terreno firme sobre el que apoyarse.

Compartiré una vivencia reciente. El pasado 06-01-2016, hubo un impresionante aunque inútil operativo represivo en mi vecindad compartida, con la sede del Movimiento Damas de Blanco en Lawton donde resido. No parecía y en realidad no era yo el objeto de los represores. Salí en la mañana a realizar una diligencia personal y atravesé el tinglado represivo organizado por la policía Seguridad del Estado sin consecuencia alguna.

Al regreso, en horas de la tarde, sobre las 4-5PM, el operativo seguía su curso y cuando lo atravesé para entrar a mi casa un joven integrante del mismo vestido de civil, me interpela y me pide identificación, (Carné de Identidad, CI) le pedí que se identificara y le dejé saber que sin una identificación en regla como prescribe la Ley, para mí era menos que nada y no le daría identificación alguna. En ese momento uno de los uniformados que estaba junto al patrullero policial 621 se adelantó y con la corrección que demanda la Ley, me pidió la identificación que le mostré, para seguir sin más incidencias hasta mi casa.

Días después andaba por la ciudad vieja, en específico el municipio Habana Vieja. Así, me moví entre los ya conocidos escombros, las pilas de basura etc., y tomé la ruta turística en que derivó la antigua calle Obispo. Entré por mera y simple curiosidad en una feria de venta de productos artesanales. Estas ferias, sus tarimas y su oferta se deben a la gestión de cuentapropistas. En ocasiones los artesanos hacedores de la belleza en oferta están al frente de sus tarimas. Así, realizan de forma directa la venta de sus producciones. En otros, buscan a alguien que se encargue de la comercialización y venta y se dedican exclusivamente a crear productos de una calidad y estética insuperable.

Recorrer una de estas ferias es abrirse una ventana de escape hacia la belleza. Es salir del gris mediocre de una existencia consagrada al silencio y el asentimiento. Pocos se niegan a este efímero escape. Recorrí la feria y entonces lo encontré. Estaba al frente de una tarima llenas de cadenas, crucifijos y un sinnúmero de hermosas piezas de artesanía. Lo descubrí y fingí que no le reconocía. Él tan siquiera pudo fingir. No he visto en toda mi vida una expresión de miedo, derrota y degradación, como la que reflejaba el rostro de este joven vendedor. Era el mismo parapolicial que me pidió identificación el Día de Reyes en el operativo contra la sede del Movimiento Damas de Blanco.

Temía que le hubiera reconocido y decidí darle una lección.
–Hola- dije. -¿Cuánto por los colmillos de tiburón? Sin abandonar la huidiza expresión que era una mezcla en proporción indefinida de vergüenza, estupor y miedo, respondió:
-Tres CUC
-¿Y aquello?-dije- mientras señalaba otra gangarria. Estuve varios minutos en este ejercicio de sadismo hasta que decidí, que ya era suficiente.
-Bueno –dije- Espero que la próxima vez que nos encontremos sea aquí y no en ningún otro sitio. ¡Feliz Año y hasta la vista!

Me alejé y creo que nunca olvidaré la expresión de aquel “revolucionario” tan entusiasta y dispuesto. Se apagó y asumió la expresión bovina compartida por tantos entre los decididos a emigrar y mientras, a permanecer callados y de acuerdo.
Tomado de: PD#411
infiernodepalo@gmail.com