Por fin, la libertad, Juan González Febles

Era una luchadora y en el momento peor, se comportó como tal. Agarró fuerte a su pequeña y trató de alejarse del peligro inminente representado por los remolcadores que les habían hundido. Estos ahora revisaban la superficie y lanzaban chorros de agua a presión sobre los náufragos que descubrían flotando a la deriva. Usaban para descubrirles los reflectores o los destellos de luz en aquella clara noche de julio.

Iban felices y soñaban con lo que harían cuando llegaran. Pensaron que nada les estorbaría para conseguir el sueño sin nombre al que aspiraban. Fue algo preparado durante meses y ciertamente no debía fallar. Ponían todas sus esperanzas en el Dios del Sagrado Corazón y en la Cachita del Cobre.

Quizás la confianza en Cachita estaba plenamente justificada, porque ella consagraba aquello por lo que todos hemos querido vivir o lo que casi todos hemos ansiado disfrutar. Cachita es el amor consumado entre cuerpos y almas que se estrechan en el éxtasis supremo del deseo y la complementación. El Dios de la cruz, funda las esperanzas de los hombres en el símbolo que fue expresión y vehículo de un instrumento de martirio. Algo más afín con el sitio de donde huían, que con el sitio al que esperaban llegar.

La historia repetida de la que huían, era aquella en que un hombre o los hombres buenos, mueren crucificados entre ladrones y son traicionados por los suyos o por alguno entre los suyos. En que fariseos acreditados de todos los tiempos, escancian el vino, la miel y la fruta traída por bellas esclavas. Refugiados en salones de mármol o en yates de cincuenta metros. Entonces, ese no puede ser el Dios que consagra las libertades. Ciertamente no puede ser la Diosa que ilumina con antorchas la ruta de los libres. Los hambrientos, los esclavos y los desposeídos nunca han sido, son o serán bienaventurados.

Laila luchaba con el mar y se aferraba a su pequeña de tres años que lloraba y pedía que la sacaran. Estaba desorientada y con la atención puesta en escapar de los chorros de agua a presión que hundieron sus esperanzas y que las buscaban, para hundirlas de modo que encontraran de esta única forma y en el vasto reino azul ennegrecido por la noche, aquella libertad de la que oyó hablar y que quizás nunca conocería.

Ariel tenía su encanto. Sabía hacerla reír y decir lo que le decía como nadie lo había hecho antes. Tuvo la habilidad de convertirse en su sueño. Lo hizo con paciencia. Siguió la receta que un francés hábil en las contiendas, dejó escrito en una fábula sobre un príncipe pequeño, zorras y rosas.

Ariel se las ingenió y convirtió cada una de sus apariciones en el momento mágico que ella esperaba. Lo hacía con naturalidad. No era besucón y no parecía interesado en contacto físico de ningún tipo. Entonces y casi sin percatarse de ello, quien buscó durante mucho más tiempo del que calculó necesario, ese contacto fue ella, que empezó a estremecerse desde su centro, situado al sur de su garganta, cada vez que aparecía, la hacía reír y se marchaba sin haberle dado la posibilidad de ese contacto. Que cada vez se las arregló para dejarla más ansiosa con un “… ¡Cuídate bonita!”, a modo de despedida.

Sucedió por fin una tarde en que ella le visitó en la barbacoa en que vivía, fabricada en el entretecho de la casa de su tía en el Cotorro. Allí, bebieron vino tinto chileno y escucharon a Joe Cocker cantar como Dios, “You are so beautiful”. El acarició su mejilla, mesó su cabello y la besó con timidez en la frente. Ella le tomó y lo besó casi con furia, buscó hasta encontrar su lengua y de paso conoció todos los orgasmos, desconocidos hasta entonces.

Entonces fue que empezaron a vivir y a soñar juntos. Descubrió que Ariel era afín con los niños y con cada cuadrúpedo que se cruzaba en su camino. Sabía la ruta y accesos al corazón de cada niño con que intercambiaba, de cada perro, cada gato y cada caballo. Lalita se fascinó con él y así, Laila se deslizó casi sin saberlo de la condición de madre soltera, hasta la de madre de la familia feliz que formaron.

Su magia transformó el ‘periodo especial’ en la etapa más especialmente bella de sus vidas. Se hizo de un coche y de un caballo y con esta suerte de taxi de cuatro patas, navegaron con placidez las aguas inciertas de los bistecs de frazada de piso, de cáscara de toronja, de dólares conseguidos a ciento cincuenta pesos por dólar. Aquella vida sin jabón para baño o para lavar, sin champú, desodorante, etc., y todo por la gloria del Comandante y su revolución, les hizo soñar cada día y cada instante de cada día y noche con la Yuma, pero ni aquello no consiguió hacerles infelices.

Comenzaron a soñar con una vida diferente y a vivir desde la película norteamericana del sábado en la noche. Meg Ryan, Tom Hanks y Nicholas Cage, entre otros, afirmaron la fantasía y el sueño dorado de La Yuma y de cómo llegar hasta ella. Ariel se ganó el cariño de la pequeña que le acompañaba en el coche, mientras Laila, desde su cocina, hacía la magia que les permitía a todos comer. Eran felices egoísta y subjetivamente, pero lo eran y esto fue un hecho. Solo que esta felicidad les sacó fuera de la realidad de banderas, consignas, miserias y escaseces.

Entonces apareció Toño, que era portuario y gracias a ello movía cosas. Los movimientos se hacían desde algún camión, automóvil, ciclos o desde el coche de caballos de Ariel. Regularmente eran relojes pulsera japoneses, pitusas, pañuelos femeninos de cabeza y en alguna que otra ocasión, piezas para armar motocicletas que se vendían muy bien, aunque con mucho riesgo.

La tía de Ariel cuidaba a la pequeña y ellos se aficionaron a una vida nocturna de sitios nuevos regenteados por particulares en que cantaban travestis y humoristas espontáneos animaban con el estilo diferente que se mueve por la izquierda de la izquierda. Laila soñaba con hacerse paramédica en New York y quizás hasta estudiar medicina. Ariel soñaba con tener su propio garaje en que haría maravillas. Se trata que “allá”, hay de todo lo necesario hasta para fabricar un automóvil inventado por él. Este sería un automóvil hembra y lo bautizaría ‘Lalita’.

Todo pasaba muy rápido por su cabeza. Primero había perdido a Ariel. La última vez, le vio pegado a la baranda en la cubierta. Gritaba obscenidades y amenazaba con el puño en alto cerrado a los que desde dos remolcadores les echaban chorros de agua a presión. Entonces fue que cayó al agua. Luchaba para proteger a la niña y no ser separadas.

El último impacto del agua a presión consiguió separarla de la niña. La buscó sin lograr encontrarla. Fue en parte por la oscuridad y en parte porque las fuerzas la abandonaban. El chorro a presión que la alcanzó, la hundió entre tres y cinco pies bajo la superficie. No pudo, no quiso o simplemente, tan siquiera intentó subir.

Supo que moriría pero ya nada le importaba. Solo que antes, pensó que morir resultaría doloroso y esto no fue exactamente así. Primero, se trató de una dulce somnolencia y un dejarse llevar. De repente algo cambió. Se vio en un espacio bello de jardines y sol radiante. Pudo distinguir a Lalita y Ariel que sonreían y le hacían señas para que se acercara y así lo hizo. De alguna forma, ya había encontrado la libertad y la felicidad soñada.

Ciertamente esto no fue morir o no lo interiorizó de esta forma., Era solo dejar atrás la vida que nunca quiso vivir y para ella, esto ya era suficiente. La Yuma estaba más cerca de lo que había imaginado. No alcanzó a lamentarlo. No valía la pena. Por fin, ¡la libertad!
La Habana, agosto de 2015
infiernodepalo@gmail.com

Sobre empoderar, volvamos, Juan González Febles

Ahora que quedó claro que se trató de pura demagogia todo lo relacionado con el empoderamiento del pueblo de Cuba esgrimido por Barak H. Obama y la administración que encabeza, para condonar las medidas en su paquete de capitulación vergonzosa ante el régimen militar totalitario cubano, valdría volver sobre una forma de empoderamiento sobre la que no se puede hablar ni desde esta orilla ni desde la orilla opuesta.

Si los Estados Unidos decidieran empoderar verdaderamente y sin demagogias al pueblo de Cuba, podrían hacerlo mediante la instrumentación de la orden presidencial que resultaría inobjetable para todos, excepto para el régimen militar cubano, que establecería el acceso a Internet en cualquier lugar del archipiélago cubano en forma tal que la obsoleta tecnología ruso-china, en manos de la dictadura militar castrista jamás conseguiría interferir.

Los familiares residentes en Estados Unidos pagarían una cuota mensual para el uso del servicio para su familiar residente en la Isla y se accedería al siglo XXI, sin que los enemigos de la libertad y el progreso pudieran hacer cosa alguna por impedirlo.

Por supuesto, que a los desvaríos seniles ya expresados por el aparatchik José Ramón Machado Ventura se unirían otras voces con las que el régimen militar totalitario castrista trataría de argumentar su soberanía sobre cada cubano y sobre lo que cada cubano sujeto a su capricho debe ver, oír, escribir, leer y conocer.

No tendrían cómo detener tal avalancha y entonces y solo entonces, habría en Cuba verdaderamente ‘redes sociales’. El cubano de a pie podría escoger entre la televisión y otros medios oficiales y la amplia gama ofertada en la red de redes, en las cuales quien quisiera, podría optar por Telesur, Televisión Martí o CNN.

Este sería un espaldarazo vigoroso y definitivo a la prensa nacional independiente, pero más allá de eso, lo sería para la libertad de información, la libertad de expresión y la libertad de prensa.

En fin, si de empoderar al pueblo cubano se trata, esta sería la opción salvadora. Solo que no hay nada para el pueblo de Cuba en los planes de la actual administración encabezada por el presidente Obama y su sonriente y complaciente secretario de Estado John Kerry. Se trata solo de hacer negocios con sus iguales del Palacio de la Revolución y nada más.
infiernodepalo@gmail.com
Tomado de Primavera Digital; PD#391

Amos liberales y fiestas compartidas

En Cuba, durante la etapa colonial y la primera fase de la esclavitud, que para aquel momento era solo negra y africana, hubo amos liberales inspirados en sentimientos nobles y piadosos. Estos, en ocasiones especiales compartían con los esclavos de entonces algunos festejos religiosos y de otras índoles, en la forma más fraternal que la época y las circunstancias permitieron.

Les trataban –a despecho de su condición de esclavos- como a una servidumbre muy especial, solo que servidumbre siempre es servidumbre y solo eso. Entonces y a despecho del trato ‘especial’ que les conferían, se trataba de cortesía por la entrada del servicio y nunca por la entrada principal. Como ya fue dicho, servidumbre es servidumbre y esta despacha por la puerta trasera de los traspatios, los salones son para los iguales.

Luego de la ceremonia de izamiento de la bandera de los Estados Unidos y que el Sr. Secretario de Estado de los Estados Unidos John Kerry, departiera con su homólogo, Bruno Rodríguez Parrilla, ministro de exteriores del régimen en la conferencia de prensa compartida por ambos y entre sus iguales, el Sr. Secretario de Estado de los Estados Unidos John Kerry, se comportó como aquellos amos liberales e inspirado en los mismos sentimientos nobles y piadosos, compartió la ocasión con el personal de servicio seleccionado para las componendas y negociaciones con la dictadura cubana.

Los disidentes invitados a la recepción en casa del Encargado de Negocios de los Estados Unidos fueron tratados con la misma humanidad con que los “amos liberales inspirados en sentimientos nobles y piadosos”, trataron a su servidumbre y a sus esclavos. Así fueron recibidos y tratados, en la trastienda y por la puerta de servicio.

Se trató del mismo elenco escogido en el casting que para la ocasión utilizó la Sra. Roberta Jacobson. Solo que no todos los disidentes aceptan la condición de personal de servicio y dos entre ellos, rechazaron ser tratados en esa forma discriminatoria y rechazaron la invitación a ser recibidos por la puerta de servicio.

Berta Soler, líder y portavoz de ‘Damas de Blanco Laura Pollán’ y Antonio González Rodiles, coordinador de Estado de Sats, ambos miembros ejecutivos del Foro por los Derechos y Libertades, dieron la nota de dignidad y decoro ciudadano. Rechazaron el trato discriminatorio y ofensivo que el Sr. Kerry impuso en la capituladora y vergonzosa componenda que el gobierno presidido por Barak Obama lleva adelante con el régimen militar totalitario cubano, que legitima la opresión ciudadana impuesta por este régimen desde hace cincuenta y seis largos años.

Se trata, con quizás solo una excepción, de la oposición seleccionada por el binomio Obama-Kerry, con la bendición de sus iguales del Palacio de la Revolución. Diez escogidos por discutibles escogedores que hubieran sido doce. Con ellos cualquier pintor post moderno nos habría podido ofrecer otra versión light de ‘La Última Cena’ en que si bien faltaría un maestro traicionado, tendríamos a un secretario de estado, nueve Judas y alguna para lapidar más adelante.

Estamos en un momento ideal para esta y otras tolerancias. Si ya bendijeron al régimen iraní y al régimen totalitario castrista, podrían alcanzar con sus aguas pútridas de redención a la Venezuela chavista, a los narcos de las FARC y quizás hasta a Boko Haram y al Estado Islámico, Obama mediante, es posible.

El elenco de la cena –que no será felizmente la última- ha sido un elenco seleccionado mucho antes del 17 de diciembre de 2014. Es el elenco primado para tours, premios distinciones, financiamientos y todo tipo de agasajos. Entre ellos hay desvíos de recursos, apropiaciones indebidas y otras menudencias de ese estilo, pero no importa.

Fueron seleccionados para esta suerte de Star Sistem en un espacio indeterminado entre Washington y La Habana, desde donde NED-USAID y sus ahijados les bendicen con munificencia, licencia eclesiástica mediante.

Pronto un papa peronista dará su misa en La Habana, bajo la mirada de un Che Guevara algo frustrado, por no haber logrado ser eficiente como la máquina fría de matar en que si consiguió convertirse. A su vera, un sufrido y estoico Cristo Jesús, ya preparado para perdonarlo todo: A sus papas, a sus popes y hasta a sus Pepes.
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