La vida de nosotros, Juan González Febles

La película alemana originalmente nombrada “La vida de los otros”, es la ficción real de la vida que consagró la Stasi para los alemanes
y para los que sin ser alemanes, se convirtieron en blanco de sus despropósitos. Se trata de la verdad sobre lo que sucede cuando los
revolucionarios salvadores socialistas del mundo se empoderan.

Profundicé en el tema y de referencia en referencia, encuentro que el actor Ulrich Mühe uno de los protagonistas del filme,
también fue víctima del socialismo real y sus deshumanizados procedimientos. Se ha confirmado que antes de la reunificación de Alemania,
durante los seis años de su matrimonio con Jenny Gröllmann, esta –su esposa- cooperó con el Ministerio de Seguridad Estatal (Stasi).
Stasi la reclutó para informar sobre su vida e invadir su espacio privado. El caso es que monstruosidades como esta, suceden cada vez
que los revolucionarios reptan hasta el poder.

Su archivo (el de la esposa) tiene quinientas páginas sobre la información que daba al Estado respecto de sus amigos y colegas. Además
contiene constantes recordatorios para evitar que su marido, un enemigo de la Stasi, se enterara de sus actividades como informante.
El informe sobre Ulrich Mühe especifica que tenía que ser llevado a un campo de aislamiento especial en caso de crisis nacional.
Cuatro personas de su grupo de teatro lo vigilaban, pero sólo se ha podido identificar a dos.

En Cuba lamentablemente se viven horrores de este corte. Esposas, esposos, padres, madres, hermanos, hijos, etc., dispuestos a ser
cómplices del totalitarismo y actuar contra los suyos. Hermanos que -recompensa mediante- traicionan a los hermanos y firman lo
necesario para ingresarlos en instituciones de salud mental donde podrían ser o son, destruidos desde la intimidad de sus mentes.

En Alemania, fueron abiertos al escrutinio público los archivos de Stasi. Ninguno de los desenmascarados ha sufrido persecución,
represalia o acción judicial alguna por sus vilezas, solo viven con la vergüenza de su pasado y esto es suficiente. Pienso que no
hay castigo peor y sinceramente quisiera que en Cuba –y fuera de Cuba- sucediera exactamente igual. Que vivan el resto de sus vidas
bajo el estigma de haber sido viles.

La versión tropicalizada de estos horrores, es la vida de nosotros. Los Castro no solo impusieron el horror en Cuba, lo exportaron con
éxito desde cada doblegado que hoy en tierras de libertad y en algunos casos, bajo el agobio de legajos impresionantes de confesiones
y blandenguerías que por acá dejaron, aún viven en su vileza y sirven sus despropósitos.

Otros fueron tentados desde la desmesura de sus egos o desde meras y simples ambiciones insatisfechas. Entonces, crucemos los dedos
y brindemos, por los pocos que han hecho y hacen digna, esta azarosa y estéril vida de nosotros.
infiernodepalo@gmail.com

¿Integridad o intolerancia? Juan González Febles

Una vez más, dispongo de la oportunidad de debatir sobre las nuevas tendencias que alentadas por el gobierno militar proliferan indetenibles en el espectro político cubano e incluso en las –no para todos- playas amargas del exilio.

Se trata de los muy novedosos “agentes del no cambio”, que de acuerdo con lo recién etiquetado por otro entre muchos laboriosos promotores de iniciativas truncas y proyectos frustrados, serían una contrapartida de los políticamente correctos “agentes del cambio”.

La nueva etiqueta puede colgarse por sí sola o puede acompañarse con calificativos de intolerante, ya que en armonía con las nuevas tendencias, quienes no estén a la moda dictada desde algún sitio habanero de accesos restringidos, en lo adelante, podrán ser etiquetados como “intolerantes”.

Como se trata de confundir, engañar y a fin de cuentas, ganar otra batalla, poco a poco una estrategia política bien diseñada por la dictadura servirá entre otros fines para etiquetar a quienes se opongan a ella como intolerantes “agentes del no cambio”.

Entonces, quizás vendría bien antes de continuar, definir ‘Cambio’.

Cambio, por sí solo, no significa necesariamente que sea bueno. Rusia, China y Viet Nam cambiaron. Cada una de ellas pasó de las arcaicas estructuras del socialismo real a novedosas formas de postmoderna esclavitud política. Que la nueva forma de esclavitud y ausencia de derechos haya ciertamente promovido pingues ganancias para una exigua minoría nacional y para poderosos agentes externos del tal cambio, no pienso que haga bueno un cambio que ciertamente tuvo lugar.

Los cenáculos de poder que desde sus espacios de ventaja y privilegios los aceptaron y promovieron, quizás se prestaron un servicio limitado y temporal. Dios quiera no les sorprendan submarinos o algún misil ruso, chino o norcoreano.

Entonces, y sin temor a ser considerado intolerante, afirmo que no es este el cambio que quisiera para Cuba.

Legitimar la ingeniería social que ha permitido a un grupo de poder afirmarse en el mismo por más de cinco décadas con recetas totalitarias de probada eficacia en Alemania nazi, Unión Soviética, China, Corea del Norte, etc., no es ser intolerante y muchísimo menos, significa que se esté “atrapado en la vieja forma de pensar”. Se trata de primero aceptar que ninguno de los pueblos reseñados logró escapar con sus medios de la red totalitaria y esto no significa o significará que tal red haya sido o sea del agrado de ninguno de estos pueblos.

Conceptos tales como integridad, jamás pasan de moda.

Entonces y en estos términos, no se legitima lo ilegitimable.

Leemos y es rigurosamente cierto, que se “debe considerar también al exilio burocratizado, ese que depende de las ayudas federales del gobierno de los Estados Unidos y cuyo cuerpo está a mitad de camino entre los intereses de Cuba y los de su patria de adopción”.

Solo discrepo, porque se trata de otra verdad a medias, y de forma específica, en el punto de que no es ni fue nunca estar a mitad de camino de nada. En realidad, ni les importan los intereses de Cuba ni los de su patria de adopción, porque simplemente no tienen patria y para ellos, el término integridad pasó de moda. Ha quedado demostrado -para todo el que ha querido apreciarlo- que solo les interesa el dinero que hoy logran sacar de las arcas federales de allá y que mañana piensan sacar de la futura factoría totalitaria que promueven por acá. Así de sencillo.

Tanto desacreditan la opción del cambio democrático real, “los que apoyan con toda vehemencia los llamados -y es solo un ejemplo- a un paro nacional, aunque sepan que no existen ni las condiciones objetivas ni de otro tipo para poder realizar tamaña hazaña”, como los que promueven lo peor y enseñan la peor cara de la oposición pacífica interna en el extranjero.

Luego de conocer personalmente a Laura Pollán y al humilde albañil Orlando Zapata Tamayo y de saber del sacrificio de Pedro Luis Boitel y otros de su estirpe, concluyo que mis héroes del panteón post moderno, Lech Waleza y Vaclav Havel, se habrían quedado a medias en sus afanes de haber contado con los “aliados” con que contamos en el presente.

Curiosamente, Walesa y Havel, cada uno estuvieron en su momento exitosamente “atrapados en la vieja forma de pensar”.

Sin temor de ser considerado intolerante, me afirmo en que existen principios que no deben ser negociados. También, insisto en que existe la marea roja. Afirmo además que cada descalabro que sufre en Cuba la lucha por el cambio democrático real llega muy bien financiado por el “exilio burocratizado” y formulado por promotores de un cambio fraudulento y favorable al régimen a partir de “nuevas formas de pensar”.

Estos positivos “agentes del cambio”, afirmados en sus nuevas formas de pensar, en ocasiones demandan desde la libertad de los cinco espías convictos en USA hasta el levantamiento incondicional del embargo. En su novísimo argot político, quizás hasta pretendan hacer pasar todo por tolerancia frente a recurrentes desfasados, “atrapados en la vieja forma de pensar”.

infiernodepalo@gmail.com

¿Cómo habría sido la historia allá y cómo será acá? Juan González Febles

Circula en La Habana una película polaca dirigida por el muy conocido Andrz Wajda. La misma lleva por título ‘Walesa, hombre de esperanza’ y trata de la lucha y los azares del líder del sindicato paralelo Solidaridad y de sus seguidores que lograron democratizar Polonia y sacarla definitivamente de la órbita imperial soviética. Con ello, lograron frenar además el afán de los protagonistas del cambio fraudulento ruso desde el socialismo real al neo-totalitarismo de corte fascista, que en la actualidad, bajo la dirección de Vladimir Putin, se empeña en reconstituir un nuevo imperio.

Entre tantos lugares comunes entre aquel socialismo real polaco y la pesadilla local, entre los procedimientos de la policía política de Polonia y la que por acá se sufre, con casi las mismas actas de advertencia, las mismas violaciones al derecho ciudadano, los mismos asesinatos, etc., se perciben diferencias que marcaron una pauta de victoria para Walesa y los afanes libertarios del pueblo polaco.

Los comunistas de Polonia fueron ante todo polacos. El sindicato paralelo Solidaridad no tuvo que hacer frente a escisiones promovidas desde el exterior y ciertamente no corrió tanto dinero para desarticular este esfuerzo. No pasó como hemos visto que sucedió por acá recientemente con las Damas de Blanco. La iglesia católica echó su suerte con el pueblo polaco y apostó por la libertad. En fin, allá no hubo ortigas ni ortegas. Las huelgas, iniciativas y los paros promovidos por Walesa y su gente no fueron orientados desde ningún despacho climatizado cercano o distante.

Jaruzelsky, sus militares y los miembros de aquel Partido Comunista asumieron perder para que ganara Polonia y así se logró la libertad. Aquellos generales dieron la espalda al partido único y optaron por su único pueblo. Los policías sin ley que asesinaron al sacerdote Popieluzko, los políticos fantoches de aquel partido comunista, quedaron atrapados en sus contradicciones y el sindicato paralelo Solidaridad se alzó con la democratización plena de Polonia.

¿Cómo habría sido la historia si los enemigos de la libertad hubieran conseguido desmembrar Solidaridad? Todo parece indicar que determinadas condicionalidades resultan determinantes en los momentos decisivos. Lenin era un asesino y su sucesor fue aún más asesino y además un gánster político: eso quizás haya sido determinante para los acontecimientos actuales y recientes en Rusia.

Wladislao Gomulka, el líder comunista pionero polaco, no fue ni asesino ni gánster. El general Jaruselzki, tampoco fue un gánster. Ambos solo fueron comunistas. Se trató de personas dotadas de una decencia humana básica, que en el caso de Jaruselzki resultó determinante en el momento oportuno. Esto sumado a la ausencia de mercaderes políticos externos involucrados en el proceso polaco marcó la diferencia para Polonia.

En la Checoslovaquia de Vaclav Havel hubo un patrón similar. Ni la Carta 77 ni el Foro Cívico sufrieron escisiones promovidas desde el exterior. Tampoco sufrieron el efluvio letal de la impronta de gánsteres políticos del corte de Lenin y Stalin o de mercaderes políticos condicionando ayudas a cambio de promoción incondicional de sus agendas.

Entonces, que queden las preguntas en espera de las respuestas. ¿Cómo habría sido la historia por allá si hubieran sufrido nuestros azares? ¿Cómo será por acá en presencia de los tales?
infiernodepalo@gmail.com