…y el mundo fue un lugar mejor, Juan González Febles

Leí la noticia en Granma. Así supe, que ahogado en sus vómitos y su excremento, o de “larga y dolorosa enfermedad”, que es el estilo eufemístico en que la prensa oficial informa sobre la muerte de los señores de horca represiva verdeolivo, había muerto en La Habana el general de cuerpo de ejército Sixto Batista Santana.

El general Batista Santana es uno más entre los generales sin batallas del generalato castrista. Se distinguió como coordinador general de los siempre nefastos Comités de Defensa de la Revolución (CDR) y desde su posición, estimuló la delación, para de esta forma contribuir a la desmoralización y a sembrar y enraizar el miedo.

Como estigma imborrable llevará sobre si, haber promovido los mítines de repudio. Su ascenso en las filas castrenses lo debió además a la abyecta sumisión prodigada a quien escogió como amo. Fue incondicional destacado, entre un amplio coro de abyectas incondicionalidades. Así ascendió o reptó hasta las más altas jerarquías militares. Lo consiguió sin arriesgar el pellejo, igual que otros, ubicados aún más arriba, de la pirámide de poder.

Batista Santana también lleva sobre si el baldón de haber contribuido de forma destacada en la constitución de las llamadas Brigadas de Respuesta Rápida. Estos grupos parapoliciales están integrados por desclasados, marginales y elementos anti sociales. Son la tropa de choque que la policía Seguridad del Estado ha empleado y emplea para enmascarar en una u otra forma, la represión del actuar político ciudadano independiente.

Estas brigadas a las que Batista Santana dedicó buena parte de su esfuerzo, han golpeado opositores pacíficos, Damas de Blanco, etc., y constituyen la herramienta primada que configura y da contorno al carácter fascista del régimen militar cubano.

Como una buena parte de la clase militar al servicio del totalitarismo castrista, se trata de un soldado sin batallas y una figura sin gloria. Su paso por la guerra colonial de Angola, no parece haber estado signado por participación en escaramuzas o alguna que otra trivialidad combativa. No pasó más allá de algún desfile o de alguna maniobra sin riesgos. Cuentan los testigos, que participó de alguna u otra forma en aquello que conocía al dedillo, las intrigas de salón, aderezadas con canapés, ron y mujeres fáciles dispuestas para el agasajo. A pesar de esto, ciertamente logró, afirmado en el odio contra su gente, convertirse en la fría, aunque nunca eficiente máquina de matar que pidió en su delirio aquel argentino que entre nosotros cimentó su avatar y su mito de atorrante sin compasión.

Como anda en boga entre ellos, -no exactamente por razones de higiene- su cadáver fue cremado entre fanfarria y sahumerio oficial. Esperemos que ciertamente, en el nicho del infierno en que esté, pueda ver pronto el fin de la pesadilla. Entonces y solo entonces, cuando nadie les recuerde y cuando las nuevas generaciones de cubanos se pregunten cuándo y por qué el pueblo tuvo miedo, se cumplirá la parábola. Será el momento de reflexión y comprensión de que desde el día en que no estuvieron, Cuba fue libre y feliz y el mundo, un lugar mejor.
infiernodepalo@gmail.com

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