Como corromper, Juan González Febles

Muchos se preguntan como fue posible que tantas personas y tantas zonas se hicieran canallas en Cuba a lo largo de todo este tiempo de dictadura y ausencia de libertades y derechos.

La respuesta es más que simple, Fidel Castro desde 1959 en aras de crear la base de su poder indiscutido, minó a la sociedad cubana y la prostituyó a partir de la destrucción de sus valores seculares.

De acuerdo con lo que se ha escrito, pero mucho más, de acuerdo con una tradición oral que aún no se ha extinguido, en Cuba, antes del cataclismo de enero de 1959, la gran mayoría de la población cimentaba sus expectativas en el trabajo duro y honrado. Nadie tenía que convertirse en canalla para adquirir una vivienda o un automóvil.

De forma gradual pero indetenible, el control totalitario absoluto convirtió en sueño irrealizable la adquisición de hasta un reloj pulsera barato. Primero y sin pensar en esfuerzo alguno, la satisfacción material de necesidades pasó por una severa prueba y contrastación de lealtad política al caudillo y su proyecto político. Entonces, la gente se hizo canalla, en parte porque tenían la tendencia y en parte porque no hubo otra alternativa.

Se prostituyó la fe pública y se actuó desde lo que eufemísticamente llamaron doble moral, que no es más o es quizás menos, que falta absoluta de moral. Para tener, no era necesario esforzarse. Nadie adquiría cosa alguna. El estado daba o no y esto estaba en dependencia de la “actitud revolucionaria”.

Algo muy similar a la génesis de este proceso podemos apreciarlo en sus fases iniciales en la Venezuela chavista con el populismo clientelar dirigido en este momento a conquistar votos, para después tomar el control totalitario de todo y todas las cosas.

Las “victorias políticas” alcanzadas sobre adversarios a los que nunca pareció importarles prevalecer y que todo parece indicar, que solo les interesaba mantener la confrontación y no ponerle fin, contribuyó a crear la mentalidad presente en que se dice “esto no lo cambia nadie, pero a esto no lo tumba nadie”.

Junto a este estilo dirigido a degradar también se fusiló y se aterrorizó. Se hizo mucho y se hizo bien. Se perfeccionaron amarres totalitarios nunca antes vistos en Cuba y una multiplicidad creciente de tipos de policías y represores se enquistaron en la vida ciudadana. La delación comenzó a formar parte de la vida. Así, se consolidó la revolución.

En los primeros años y hasta hace poco tiempo, la élite logró mantener fuera de la atención publica su escandaloso y versallesco estilo de vida. Esto ha cambiado de forma dramática y se convierte en lugar común comentar y murmurar sobre los privilegios de lo que se da en llamar a nivel popular y en ocasiones a sotto voce, como “esta gente”.

Los nuevos tiempos vienen precedidos por una desmoralización que regresa a los predios donde fue engendrada. Los delfines del poder se marchan del país, con el fruto de lo que sus padres robaron al erario público. Un nepotismo borbónico preside los finales del reinado verdeolivo y es entonces cuando la corrupción engendrada se vuelve contra ellos. Esperemos que los devore, pero que sea pronto.
j.gonzalez.febles@gmail.com

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