Hace mucho calor y hay una sola vida, Juan González Febles

Se combinan temperaturas de 35º y más, con un transporte que siempre consigue empeorar. La canasta básica está casi vacía y en relación con las mujeres, masturbarse temprano, como sugirió la Dra. Castro Espín, de Cenesex, tampoco sirvió. Para recorrer la ciudad, es conveniente bordear los contenes. Puede ceder un balcón que termine con la existencia y los problemas existenciales o que simplemente lo ponga todo peor. El consenso general acepta como un lugar común, que todo siempre puede empeorar. Las eventuales mejoras, se colocan en el espacio precario de las dudas razonables, con pocas o casi ninguna posibilidad de ocurrencia.

Para los juanes de esta tierra existen dos soluciones casi mágicas. La primera es montarse en algo y largarse Malecón afuera. Sirve desde un avión, una balsa, una carta de invitación o un acta matrimonial. La otra es bastante inviable porque conlleva eventos de difícil ocurrencia simultánea. Se trata del fallecimiento de la dirigencia histórica del régimen militar. Eso sí, todos a la vez. Nunca hubo espacio para otra alternativa fuera de estas.

Es una parada congestionada como de costumbre y la gente se desgasta a la espera del ómnibus que no llega. La temperatura, de acuerdo al siempre cuestionable parte del Instituto de Meteorología, es de 34º a la sombra. Los ánimos están muy caldeados.

-¡Coño! Hasta que no se mueran todos estos viejos, ¡estamos embarcaos!- exclama un hombre joven con piercing en la nariz y una argolla en la oreja en que la usan los héteros…

Otro del grupo le riposta: -¡No jodas! Yo tengo una sola vida y no puedo esperar pa’ vivir que se muera nadie… Mira, mi consorte, lo que hace falta es que la gente determine… ¡Hay que tirarse pa’ la calle y que lo arreglen ya, o que se vayan! ¡Que se vayan todos pa’ la pinga! O que lo dejen a uno vivir o irse sin tanta jodedera. Esto no hay quien coño lo aguante…

Lo más significativo es que todo transcurrió a la vista de todos. No se trató de algo oculto. Hablaron entre ellos alto y claro. Todos los que estaban en ese momento en la parada escucharon y nadie dijo esta boca es mía. Algunos hicieron el conocido ademán del que no escucha o del que no entiende o de quien no quiere identificarse con ninguna posición. Un policía de completo uniforme mira en lontananza y hace como que no escuchó. También tiene mucho calor y necesita un ómnibus.

En La Habana hay quien pasa hambre. También quien no consigue alimentarse o alimentar con regularidad satisfactoria a quienes debe. Aunque la situación no llega a los extremos de Corea del Norte, en que la gerontocracia local alimenta a su pueblo con heno y pescado seco, en Cuba se vive mal o no se vive y son muchos los que se van a la cama con hambre. Un hambre física muy real.

La ciudad se cae a pedazos y los derrumbes amenazan a los que viven en peligro bajo techos peligrosos o a los que simplemente transitan en lugar y momento equivocados. Hay violencia, asaltos y mucha crueldad. Quienes asaltan prefieren matar y no dejar tras si testigos. La canción que la orquesta VanVan popularizó se ha hecho profética: en Cuba, “nadie quiere a nadie, se acabó el querer…”

En muchos años confieso que es primera vez que escucho decir en la calle a alguien que no está dispuesto a esperar por la muerte del último miembro de la horda histórica. Quizás sea una señal. El tiempo dirá hasta qué punto esto es bueno, malo o regular. Pero en algo tiene razón el joven del piercing: hay una sola vida y hace mucho calor en La Habana…

juan.gonzlezfebles1@gmail.com

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