La familia asesinada, Juan González Febles

La cuadra amaneció bloqueada el 12 de noviembre. Había policías especializados en sus dos extremos. Dos patrullas en cada punta de la calle. Prohibieron la circulación tanto a los vehículos como a los peatones. Frente a la casa de vecindad, solar o cuartería, un van Mitsubishi con un rótulo en que podía leerse: Criminalística. También había otros automóviles de la policía identificados como patrullas o encubiertos como vehículos civiles.

El operativo tuvo lugar en las calles Cuarteles y Cuba, en la ciudad vieja. Buscaban al supuesto asesino, que junto a otros cómplices ultimó a una familia en Matanzas. Robaron 10 mil dólares. También mataron a un niño. Quizás por esto los policías se involucraron de un modo personal en el caso.

Aunque no se trataba de la escena del crimen, tomaron la cuadra. Según pudo saberse por comentarios de vecinos, el sospechoso mantenía relaciones con una mujer residente en el solar. El padrastro de la mujer fue detenido. La policía la “castigaba” por no haber hecho la denuncia. Algunos vecinos afirmaron que se trataba de atemorizar a la gente por no colaborar a gusto con la policía.

Entre los curiosos que se agolparon a ambos lados de la calle había un turista alemán. El hombre estaba completamente ebrio. Quería que le permitieran acceder a la casa en que estaba hospedado. Los policías que acordonaban el lugar se negaban a darle paso. El hombre, acostumbrado a las asépticas operaciones policiales de su tierra, no comprendía la lógica de tan desmesurado despliegue.

“Si se trata de un solo hombre ¿para qué tanto alboroto?” Le expliqué como pude que a “ellos” les gusta hacer las cosas en grande. “Por una parte disponen de una superioridad abrumadora; por otra, es algo ‘educativo’, y de paso aterrorizan y desestimulan a futuros ofensores de la ley”, le dije.

Los asesinos conocían al jefe de la familia asesinada. Era uno de esos llamados “nuevos ricos”. Trabajaba en uno de los restaurantes de lujo en la zona del llamado “casco histórico de la ciudad”. Se encontraba en su trabajo cuando ocurrió el hecho.

Ostentó mucho en un lugar plagado de carencias entre gente sumida en la miseria. Poseía automóvil y motocicleta y los demás atributos de una existencia feliz y acomodada. El infeliz pensó que todos le querían. Estaba equivocado.

El operativo estaba dirigido por alguien que parecía sacado del libro de Norberto
Fuentes “Dulces guerreros cubanos”. Alto, de raza blanca y complexión atlética. De una edad indefinida entre los 45 y los 55 años. Vestía blue jeans, polo de color rojo subido, gafas polarizadas, costoso reloj, agenda, bolígrafos y un teléfono móvil, signo de los tiempos.

Quizás preocupado por la gran cantidad de curiosos que se agolpaban en ambos extremos de la calle, se dirigió a la esquina. Pidió a los curiosos que se dispersaran.
Nadie le hizo el menor caso. El hombre, visiblemente molesto, le dijo a uno de los policías que formaban el cordón: “Pidele el carné a los curiosos. Al que no esté ‘claro’ lo tiras para Punto… y que lo investiguen”.
Sirvió. Al momento todo quedó despejado. Quedamos el alemán, dos ancianas y yo. El policía que debía pedir las identificaciones miró inquisitivamente al jefe, y éste, con un gesto le indicó que dejara todo así. Parece que tan pocas personas no estorbaban a su tarea policial.

Me despedí del alemán ebrio y me alejé, impresionado de las sorpresas que guarda mi ciudad. De su rencor subterráneo contra los “ricos y felices”. De la poca compasión por los asesinados. De que escuché decir a una de las ancianas: “Ese creyó que lo tenía todo”. Esto dicho casi con alegría, sin gota de sentimiento por el “nuevo rico” ni por su pobre familia asesinada.
Publicado originalmente en http://www.cubanet.org 2004

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