Dunia y Julito: una tragedia cubana, Juan González Febles

Sólo los pies, desde el tobillo a las plantas, se salvaron de la chamusquina. Se acostó con las botas puestas a dormir la borrachera luego de golpear a su mujer y al hijo menor de ésta. Golpearlos no era algo extraordinario para él. Lo había hecho muchas veces. Se sentía con todo el derecho para ello. La mujer esperó a que su sueño fuera profundo. Aterrorizada, pero decidida, lo roció con petróleo hasta empapar bien el colchón. Luego le echó el poco de gasolina que había reservado para la ocasión y le prendió fuego.

El crimen fue en Guareiras. El pueblito está situado en la provincia Matanzas, al sur, a 7 kilómetros aproximadamente del municipio Colón, en la vecindad de Manguitos. Su estación de trenes parece una maqueta escenográfica deteriorada. Una pared frontal con dos ventanas y un letrero en el que puede leerse: Guareiras, dan paso a un vacío sin paredes ni techo. La localidad sólo gana espacio en los titulares de la prensa nacional, cuando le toca algún infortunio. Sus últimos “15 minutos de fama” los tuvo por el paso del huracán Michelle.

Julio Bouzo González no había cumplido los cuarenta. Murió quemado y su tragedia dividió en dos a su comunidad. De una parte los hombres y sus familiares; de la otra, las mujeres y los familiares de Dunia, su joven y homicida esposa. Los policías que realizaron su arresto lo hicieron con profesionalidad. Le concedieron un respeto que niegan de forma regular a otros ofensores de la ley.

En el pueblo los familiares cercanos de Julito están indignados. Algunos han dicho que tomarán venganza. “Tenía que dejarlo si le pegaba”, dicen los unos. “Nadie sabe lo que sufre, siente y piensa una mujer maltratada”, dicen los otros. Guareiras tiene mucho de Haití en términos de miseria. Faltan negros en cantidad adecuada para que la similitud sea perfecta. Pero Guareiras no recibe ayuda internacional. Su miseria y sus tragedias son estrictamente locales. El paso del huracán Michelle empeoró las condiciones materiales de vida del pueblo. La ayuda que prometió el gobierno no llegó en la cuantía necesaria. Tres años y más después, algunos damnificados viven en contenedores industriales adaptados como precarias viviendas.

En el hospital provincial de Matanzas no disponían de duralgina. Con más del 90 por ciento de la superficie corporal quemada con lesiones de tercer grado, Julito no pudo ser aliviado correctamente. Esperó hasta que su familia “resolvió” duralgina en La Habana. Los facultativos decidieron que no sería procedente el empleo de morfina o demerol. A las 24 horas los médicos decidieron, de acuerdo con los familiares, suspender la medicación para que “muriera en paz”.

En un espacio de pocos kilómetros cuadrados, casi todos los vecinos se conocen y tienen relaciones familiares en determinados grados de consanguinidad. Las condiciones sociales e higiénicas son deplorables. Existe marginalidad y un sinnúmero de conductas inadecuadas de autodefensa, propias de un colectivo humano altamente atrasado. Las calles y sus pobladores no parecen producto del medio rural cubano. Semejan una pesadilla tercer mundista sacada de cualquier noticiero ávido de promover izquierdas.

Julito murió pocas horas después en el hospital. Cuentan que antes de morir trató de virarse. Pedazos de humor y tejido chamuscado quedaron sobre las sábanas. El dolor que le produjo el intento le hizo proferir un grito intenso y prolongado que parecía venir de otro mundo. Nadie se explica de dónde sacó tanta energía. “Era la carne de caballo”, dijo alguno, aludiendo a la práctica de matarife clandestino a que se dedicó el occiso en mejores circunstancias.
Dunia, por su parte, es bonita, gordida, dulce e intrascendente. Como la gran mayoría de las mujeres abusadas, pensó vivir una pesadilla pasajera. En un principio creyó en las promesas de enmienda de Julito. Cuando dejó de creer en éstas ya le tenía mucho miedo. Los vecinos cuentan que el alcohol bebido por Julito sin medida deterioró mucho las cosas.

La relación se convirtió en difícil y traumática. Julito descargaba golpes y malos tratos sobre Dunia y su pequeño hijo, habido en un matrimonio anterior. Desahogaba sus frustraciones existenciales en la madre y el muchachito. Les golpeaba a ambos de forma sistemática y concienzuda. Ningún asistente social auxilió a Dunia. La Federación de Mujeres Cubanas tampoco tuvo en cuenta que podía estarse gestando una tragedia. Dunia argumenta que trató de darle un susto a Julito.

Aunque todos en el pueblo conocían que Dunia era una mujer abusada, el jefe de sector de la Policía Nacional, cuando visitó a Julito lo hizo para interesarse por reses y caballos muertos, o por borracheras. Al parecer el abuso infantil o el abuso contra la mujer no forman parte de la agenda de la Policía Nacional Revolucionaria. Dunia insiste en que sólo quería darle un susto a Julito. Pero se contradice, porque afirma que aún después de muerto le tiene mucho miedo.
juan.gonzlezfebles1@gmail.com
Publicado en 2004 en www.cubanet.org

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