La muerte sin guadaña y con traje verdeolivo

En Cuba no existía la pena de muerte en el código penal. La muerte o el asesinato político era cosa de gánsteres y en ocasiones excepcionales, algún gobierno urgido de matar, lo hacía de forma muy secreta y clandestina. Dicen los conocedores de aquellos tiempos que el Partido Socialista Popular, mató en su momento de mayor respeto a la ley o a la legalidad burguesa, pero cuando lo hicieron siempre fue a nivel doméstico. Mataban a uno de los suyos y esto era visto como ‘cosas de comunistas’. Para algunos, era como una especie de retribución. Eran tiempos de comunista muerto-comunista bueno, en fin, así era entonces.

El Comandante siempre sintió una especial fascinación por la muerte. Se sentía ligado con esta, siempre que se tratara de la muerte ajena. Dicen los testimonios de sus más allegados en otros tiempos, que tenía un miedo atroz de que lo mataran. Inmediatamente que pudo, se hizo de una escolta y aún no pierde el hábito de sentirse seguro, rodeado de gente armada y regularmente desalmada.

Uno de los más reputados exponentes de la llamada prensa oficial, ha escrito un libro consagrado a convencer al mundo de que efectivamente a Fidel Castro los norteamericanos quisieron matarlo varios centenares de veces. Según el señor Luís Báez, el principal mérito del Comandante sería simplemente estar vivo. ¡Qué cosas tiene Báez y su Comandante!

Por lo pronto, yo al igual que muchos habaneros hemos visto en alguna ocasión su caravana de Mercedes Benz en sus desplazamientos veloces por la Quinta Avenida de Miramar y por otros espacios citadinos. Cuando por tener que doblar o por alguna razón se enciman a la acera y en ella hay transeúntes, les apuntan con sus armas y ¡Ay! del que estornude o haga cualquier movimiento que les resulte sospechoso.

Lo que más me llama la atención es que alguien con un interés tan grande en vivir, prive de la vida en la forma cruel y en ocasiones irresponsable que el Comandante solía hacer. En 1989, pocos esperaban que el general Ochoa, el Héroe de la República, fuera fusilado. Cuando sucedió, quedó roto el encanto, de los ya pocos encantados con la figura del Comandante. Para el cubano de a pie, las cosas quedaron claras. “Si fusiló a sus cúmbilas, ¿qué queda pa mí?”

Los fusilamientos de la Causa 1 y la muerte de Abrantes que estaba encartado como #1 en la Causa 2, sellaron el destino del juicio público sobre el Comandante. Su suerte quedó echada en el juicio categórico que rodó y aún rueda en las esquinas habaneras: “El tipo no sirve ni en este ni en el otro velorio”.

Quizás el coloquio con la muerte ajena más escalofriante de la carrera del Comandante, haya sido el que culminó con la muerte de los hombres, mujeres, niños y ancianos ahogados por la orden, la irresponsabilidad y la no orden en el caso del remolcador 13 de marzo y el fusilamiento de los tres jóvenes negros que intentaron el secuestro incruento de la lanchita de Regla.

Estos dos eventos retratan de cuerpo entero al Comandante, a su desprecio por la vida y a su apego a la muerte ajena. ¿Dormirá a pierna suelta? ¿Conseguirá sepultar fuera de su conciencia el último llanto de los niños ahogados en bahía de La Habana? Luego de ordenar y organizar el fusilamiento de tres muchachos negros, de los que podía ser abuelo y que no dañaron a nadie, ¿las tendrá todas consigo?

Como está supuestamente de retiro, quizás estemos a salvo. He escuchado que no anda bien de salud y que hasta piensa en el mausoleo donde se quedará. Lejos de La Habana por suerte.

Como soy optimista, espero que las oraciones del cardenal Ortega y de los pastores de carneros del Consejo de Iglesias le ayuden cuando esté a las puertas del infierno, si es que el Diablo le permite entrar.

juanchogonzal@gmail.com

 

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